martes, 27 de enero de 2015

Literatura por encargo (cuento "Merlo")



Hace dos o tres años le pedí a Mr. Ned Ludd que me diese una idea para un cuento. En menos de tres renglones debía expresar algo y yo de ahí dispararía. Hace dos o tres años Ned Ludd me dijo "un hombre está solo en una habitación y tiene una libreta en la que escribe", y entonces yo empecé a escribir. Para lo que me propuse un ejercicio de escritura que, aunque versionada, sonase en los tonos de la literatura de Piglia. Y esto es lo que salió...(ateneos a que es extenso, y obviamente, se recomienda una lectura sin cortes)


 
Merlo


A Nicolás Baret,
que me ayudó a conocer la verdad de la historia


Introdujo una mano en el bolsillo de su camisa y sacó de su interior un paquete de cigarrillos y una pequeña caja de fósforos. Encendió un cigarrillo y cuando inhaló el humo del tabaco sintió un carraspeo en su garganta y enseguida comenzó a toser con fuerza. La nicotina irradió hacia su sangre, pero no lo notó, o no lo reconoció. Fue como si no hubiera fumado nunca o como si no lo hiciese desde hacía mucho tiempo, pero ninguno de los dos era el caso, pensó, y tosió nuevamente, todavía con más fuerza. Tenía los pantalones sucios y arrugados, el marrón de la tela se mostraba pigmentado con manchas de tierra y polvo. Probablemente se debía a que se la pasaba casi todo el tiempo sentado en el piso, corroboró en sus pensamientos. Aunque no volvió a darle otra pitada, mantuvo el cigarrillo entre sus dedos índice y mayor de su mano izquierda y, sin despegar la espalda de la pared ni sus piernas estiradas del piso, extendió su mano libre y tomó la libreta que estaba sobre la mesa. Extrajo de ella una birome azul que traía enganchada en el anillado de la libreta y la abrió, entonces leyó. Leopoldo Lugones, discurso de Ayacucho, 1924. “En el conflicto de la autoridad con la ley, cada vez más frecuente, porque es un desenlace, el hombre de espada tiene que estar con aquella. En eso consisten su deber y su sacrificio. El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica. Sólo la virtud militar realiza en este momento histórico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerzas”. Lugones era grotesco, grotesco. No por sus ideas, sino por su imbecibilidad. Desarrolló una idea distópica sin prestar atención a la realidad que lo circundaba, negó esa misma realidad creyéndose entendido, acompañado, y ni siquiera las condiciones objetivas de la época pudieron sostener lo que decía. La espada era retrógrada en una época en la que el poder había quedado definido a la mera acumulación de fuerza política, orientada ya sea a la ruptura o a la conquista del capital. Esbozó una leve sonrisa de orgullo, soberbia, y pasó de página. Julia no quiere que vayamos al Tigre, se excusa adjudicándose un estado febril que sé que no tiene y se pasa los días enteros en la cama leyendo y alimentándose a té y galletas dulces. Ni siquiera se preocupa por Julita. Ya aprendí a cambiarle los pañales y a darle la leche sin que se queme. Todavía no tengo novedades de Merlo, la cosa no parece marchar según lo planeado Tenemos que ir al Tigre, la única esperanza es el delta: ese secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento. No necesitó un reloj para saber qué hora era, observó de qué manera se filtraba el sol por la ventana y supo, o más bien supuso, que eran cerca de las dos de la tarde. No tenía hambre, y aunque lo intentó no consiguió recordar qué había comido al mediodía. Probablemente nada, pensó. Pero no le dio importancia, no tenía hambre. Sintió caer la ceniza acumulada del cigarrillo sobre sus dedos, y después de darle una última pitada, lo apagó contra la pared, y sacudió su mano para librarse de la ceniza, que sin embargo no llegó a desprenderse del todo. Usó entonces su mano derecha para extraer la mugre por completo, pero eso sólo generó que la desparramara aún más y que su mano limpia ahora se encontrase similar a la otra. Resolvió la situación limpiándose ambas manos con su pantalón, el cual, pensó, no variaría mucho con un poco más o menos de mugre impregnada. Cada movimiento era un ciclo aparte, como si no pudiese más que detenerse en cada mínima acción en la que incurría para hacer de eso su vida, su tiempo, y también su historia. Las cosas eran claras, al menos las tangibles: el pantalón, la mano sucia, la habitación, los objetos que ésta contenía. No había nada más, no al menos con tanta precisión y presencia. Y sin embargo escribiría El visible universo es una ilusión (o más precisamente) un sofisma. Así el mundo será Tlön. Y de esta manera, a partir de escritos como el anterior, la libreta y sus anotaciones se presentaban un tanto extrañas, como si no las hubiese escrito él mismo o como si no recordase el porqué de ellas, casi lo mismo que decir, como si quisiera olvidarlas. Miró entonces la libreta otra vez: Merlo. No recordaba su nombre de pila ¿acaso Raúl, Ricardo? Empezaba con R. Roberto, Ramón, no, Ricardo. No, no lograba asegurarse. La cosa había salido mal, lo que parecía algo seguro se había desmoronado antes de siquiera comenzar, pensó. El asunto era sencillo: un llamado anónimo al destacamento, una carta firmada con seudónimo a cada diario de extensa publicación y esperar que sus palabras se hicieran noticia, realidad, o cuando menos, toda la realidad posible que un medio de comunicación masivo podía llegar a promover. De cualquier manera no importaba, pensaba, porque, hasta donde sabía, Merlo no había cumplido con su parte. Probablemente ni siquiera había enviado la carta o hecho el llamado. Esperar, entonces, encerrado en esa habitación lo convertía de a poco y cada vez más en un paria, un apartado. Se miró los pantalones y pensó que eran el ejemplo más vivo de aquello. ¿Hacía cuanto que se encontraba en esta situación? ¿Dos días, tres, una semana? Detestaba el paso lento del tiempo. No estar haciendo nada en especial lo confundía, de alguna manera lo trastornaba, la espera era insoportable, pero necesaria, pensó, así se forma todo dogma. Julia no quiere que vayamos al Tigre. La anotación debía ser antigua, pero no estaba fechada. Pensó que debería asumir la costumbre de fechar sus notas, sino se perdería todavía más en el tiempo. ¿Más? se preguntó, ¿qué día era? ¿Miércoles, jueves? Pasó nuevamente de página y leyendo trató de deducir cuándo había escrito sobre la decisión de Julia. Somos las brasas del mundo. Hace falta un viento, un soplo fuerte que nos avive y nos permita arder, quemar el mundo para rehacerlo desde sus cenizas. Estas no indicarán jamás que todo esté perdido, desde lo deshecho también se puede rehacer. El mundo tiene que arder. Seguía sin deducir la fecha. Un punto y aparte signaba que había cambiado de tema, era su costumbre, pero no de día. El problema se presenta si considero quién puede llegar a hacerse de estos escritos. No puedo fiarme de nadie, ni siquiera de mi reducido entorno. La interferencia de agentes invisibles o de situaciones extraordinarias en mi vida cotidiana puede llegar a echar a perder mi trabajo. Escribir algo, lo que sea, es una trampa, pero no dejaré de hacerlo. Si no puedo accionar de otra forma más que mediante la escritura, entonces haré de ella mi arma, pero un arma plena y secretamente mía. Debo tomar ciertas precauciones. Debajo continuaba una especie de lista escrita, reescrita, tachada y corregida, que se leía de la siguiente manera: Método: aplicar, en orden correlativo, un número a cada una de las letras del alfabeto latino. Entonces si escribo 3 16 4 9 7 16, la traducción a esta seguidilla de números representaría la palabra CÓDIGO. La descripción de este método de escribir en clave se encontraba tachada. Posibilidad: invertir el orden de las letras del abecedario o de los números. Pero otorgar un número al azar a cada letra no sólo representa una empresa muy complicada al momento de recordar, sino también que no generaría un código muy indescifrable que digamos tampoco. Otra posibilidad: la clave podría entenderse a partir del retroceso en dos lugares a lo largo del alfabeto por cada letra de la palabra. De esta manera, AMBGEM significaría nuevamente CÓDIGO. Ambas posibilidades se encontraban igualmente tachadas. Otro método: tomar una palabra de referencia, otorgarle un número a cada una de sus letras y encriptar con esos números las palabras originales. La palabra debe contener la mayor cantidad de vocales posibles, sino todas.

N E U R A L G I C O
0 1  2  3 4 5  6 7 8 9

            Entonces, al escribir C37PT9634F74, la palabra oculta sería CRIPTOGRAFÍA. Este último método no se lee tachado pero sí remarcado con un amplio paréntesis que encierra al párrafo y seguido por un signo de interrogación hacia el margen derecho de la página. Lo había considerado más fiable que los anteriores dos, pero también, pensaba ahora, era éste un código no muy complicado de descifrar. Las letras remanentes de la palabra original rodeadas de números aportaban ciertas pistas a un posible decodificador. ¿Cuántas palabras en español podría haber de doce letras que comiencen con la letra C y tuviesen de antepenúltima a la F? No, una palabra en clave como esa podría quebrar por completo su código. Debió ser por un razonamiento como éste que continuó escribiendo. Reformulación: crear un molde formado por dos palabras con la misma cantidad de letras, posicionar una encima de la otra. De esta manera, al momento de encriptar un texto, tan sólo se debe reemplazar las letras de las palabras del texto original por la que se encuentre ya sea en la palabra superior o en la inferior del molde según corresponda. El croquis y el ejemplo que leyó debajo lo explicaron mejor que sus palabras.

C E L D A
P U N T O

            Entonces MUNDO se convierte en MELTA. Observación: para un posible censor (sic) sería sencillo descubrir las letras que se repiten a lo largo del texto y a partir de ello descubrir cuáles son las palabras que forman el molde original. Crear una escritura en código parece ser una tarea imposible, aparentemente siempre habrá una manera de descifrar lo escrito. Julita está llorando. La relectura le cansó la vista. En vano levantó la mirada hacia la mesa buscando sus lentes, sabiendo que no estaban ni ahí ni en ningún otro lugar de la habitación. El ardor líquido de sus ojos lo llevaron a refregárselos con el dorso de la mano mientras fruncía los ojos y apretaba fuerte los dientes. Cada simple movimiento parecía medido, articulado, y sin embargo parecía actuar mecánicamente, sujeto a una acción-reacción instintiva que lo dejaba, como se suele decir, mal parado. Porque no era, entonces, más que un cuerpo condenado a lo más básico de la existencia: a respirar, digerir alimentos, a excretarlos, a dormir, a rascarse la cabeza, a salivar cuando tuviese hambre o el sabor de un cigarrillo atrás del otro lo provocase un sabor amargo en la boca. Tenía eso, su cuerpo. Y tenía la libreta. La abrió nuevamente, más o menos por la mitad, y verificó que todavía quedaban páginas en blanco. Consideró la idea de redactar un diario pero la desestimó de inmediato. Pasó las hojas hasta llegar a una en blanco y escribió un fragmento que había memorizado hacía años de una novela leída durante su juventud: Demostraré que el mundo, con el perfeccionamiento de las policías, de los documentos, del periodismo, de la radiotelefonía, de las aduanas, hace irreparable cualquier error de la justicia, es un infierno unánime para los perseguidos. La releyó y se sintió identificado, la idea de ser un perseguido a la vez que lo describía también lo condenaba. Sólo que ya no podía considerarse exactamente un perseguido. Teniendo en cuenta su situación, la palabra justa, la que mejor significación le otorgaba, era la de cautivo. Como cautivo se sabía un ser inmóvil y a merced de la disposición de terceros. Sujeto libre aun, sí, pero también sujetado, pensó. Y no por estar inmiscuido en su pensamiento, sino sencillamente porque el silencio que reinaba en la habitación era absoluto, logró escuchar ruidos de pasos del otro lado de la puerta, o creyó oírlos. Como fuese, se alarmó y en un movimiento muy veloz y decidido arrancó la hoja de la libreta y se la llevó a la boca. En pocos bocados la había masticado y tragado entera. Ya nadie podría leer aquello que había escrito. Todavía con el gusto a papel y tinta seca en la boca, contuvo su respiración por un instante, se quedó inmóvil, tenso, lo único que podía generar algún sonido en la habitación era el pulso de sus latidos acelerados, y ni siquiera él era capaz de percibirlos. Se mantuvo firme con los ojos bien abiertos en dirección a la puerta. Por un instante creyó oír voces o más pasos, pero se percató de que era el sonido de algún artefacto mecánico lo que lo había confundido. Nuevamente reinó el silencio, y en él vislumbró el humo del cigarrillo dirigiéndose en una línea casi recta hacia el cielo raso. Decidió apagar el cigarrillo y aplastó lo que quedaba de él contra el piso. Al hacerlo, no llegó a recordar cuándo se había encendido un segundo cigarrillo. Sus ojos retornaron a la libreta. La birome en la mano se mantenía quieta, su pulso era perfecto. Entonces escribió por segunda vez, por tercera en realidad, si se cuenta la vez de hace dos días. Demostraré que el mundo, con el perfeccionamiento de las policías, de los documentos, del periodismo, de la radiotelefonía, de las aduanas, hace irreparable cualquier error de la justicia, es un infierno unánime para los cautivos. No fue hasta que releyó su anotación que se percató que había alterado la cita de aquella novela. Pero no le dio importancia, le pareció adecuado contaminarla, hacerla más acorde a su estado actual, eso que lo definiría, a él y a su historia. Así, la identificación que sentía, ahora transmutada, era única. Nunca nadie había escrito eso que él recién acabada de escribir. Esta idea lo entusiasmo y continuó escribiendo. Soy tan culpable como inocente, pero no tanto victimario como víctima. Si de algo habrá de culpárseme es de ser cómplice. Cómplice de esta historia, de esta fachada, de este sinsentido que originó mi condena y la de la humanidad entera. Pago el precio, el mío, no seré jamás el único responsable de lo que dictamine la cuenta.
            Abrió los ojos. Estaba ahora en la cama, todavía vestido y con el cuerpo de costado apuntando hacia la mesa. Entre un vaso de lata y un plato un tanto corroído por el óxido, pudo observar la libreta cerrada con la birome azul encima. Sintió una lagaña en uno de sus ojos, y mientras la retiraba con un dedo, todavía con el ojo abierto miró hacia la ventana y corroboró que estaba por atardecer. Pero el tiempo, por más que variase, se mantenía inmutable. Daba igual que fuese de día o de noche, ayer o mañana, ya que ni siquiera podía darse a la empresa de sumar los días que llevaba en esta habitación. ¿En pos de qué? Ni estaba cumpliendo una condena ni tenía una fecha límite por llegar que dictaminara nada. Separarse de la temporalidad lo volvía ingenuo, inservible: nada tiene valor si el tiempo no pasa. Si el tiempo es efímero, entonces también lo es la existencia. Y sus ojos no se despegaban de lo mismo. El anillado metálico recorría a la perfección la tapa de la libreta, la punta de la birome inclinada apuntaba hacia la pared, la pared era de ladrillos, y los ladrillos eran naranja. Y así sus ojos volvían a la libreta después de pasar por lo anterior. Si Merlo no había cumplido con su parte entonces habían pasado una de dos cosas: una traición o una captura. Pero lo importante, pensaba, era que daba lo mismo. El resultado se mantenía inerte a las condiciones que lo posibilitaban. Si Merlo se había echado atrás a la hora de actuar, o si algo, más probablemente alguien, había interferido en su accionar, el producto final había sido que nada de lo planeado había acontecido. Y sin embargo, pensaba, él seguía acá, encerrado en la habitación, convertido en un cuerpo torpe y sucio, en un paranoico lector de sus propias palabras. Mientras Julia y Julita lo esperaban. Miró la puerta entonces. De pie, con las manos en puño, los pies firmes, se posicionó frente a ella como preparándose para derribarla y salir. Salir en busca del tiempo, de la historia, del mundo. Un mundo que era pura ilusión, lo sabía. Porque no era sino en esta habitación que había por primera vez experimentado la realidad de la misma realidad. Afuera estaba la contaminación típica de un mundo superpoblado de otras personas, otras mentes, anuncios publicitarios, maquinas, edificios de concreto y acero, semáforos y automóviles, niños jugando en las plazas, vecinas de la esquina, obreros, estudiantes, vidrieras, descuentos en efectivo, préstamos hipotecarios, televisores y automóviles: la caca de Dios compuesta y reformulada al servicio de una existencia destinada a finiquitar. Pero también Julia y Julita, escribió ya sentado frente a la mesa y con el último atisbo del atardecer, que penetraba por la ventana, cayendo sobre su pecho. Merlo y la puta que te parió, pensó, y volvió a escribir. No puso fecha, no tenía forma de saberla. Atardecer. La fragata Medusa, enviada por el gobierno francés hacia las costas de África con la intención de colonizar Senegal, naufragó el 2 de julio de 1816 a causa de las incompetentes órdenes y contraórdenes de su capitán, el Conde Hugues Duroy de Chaumareix. Los 149 soldados que sobrevivieron tuvieron que refugiarse apuñados en débiles balsas remolcadas por los botes salvavidas que ocuparon de inmediato los oficiales. Estos, ante el peligro que semejante empresa suponía para su seguridad, cortaron los cables que los unían con los soldados y las balsas quedaron a la deriva durante doce días hasta que otra fragata, la Argus, acudió a su rescate. De los 149 soldados solamente sobrevivieron 15. A pesar del escándalo político que este evento representó para Francia, la incompetencia y falta de moralidad del capitán Duroy no fueron sometidas a juicio (véase la pintura “La balsa de la Medusa” de Théodore Géricault). Después de un rato de mantenerse quieto volvió a tomar la birome. Noche temprana, escribió. Cualquiera que me conozca hasta hoy o en el futuro sabrá que no soy otra cosa que un hombre inocente. Apartado, no de la sociedad, sino de lo social. Conjugado, no por mis pares, sino por las ideas que mis pares nunca llegaron a entender pero decidieron adoptar y defender como si ley natural. Soy hombre, soy ser, y me encuentro cautivo en este infierno purgatorio creado tanto para mi comodidad como para la de mis captores. El problema, pensó, radicaba, por el momento, en quién podía llegar a leer esto que había escrito. No puede fiarse en la soledad de su habitáculo. No tanto por la interferencia de agentes invisibles o de situaciones extraordinarias. La soledad es algo dado dentro de esa habitación y lo sabe. El problema se presenta justamente por la naturaleza misma de esta habitación. Él estaba encerrado en una celda. Y como siempre, no es quien habita la celda el que ejerce control o decisión sobre ella, sino, esta vez sí, un agente externo, y también invisible. Aunque inquilino, se sentía más invasor del habitáculo que ahora lo albergaba, un invasor hostil cuya mera permanencia entre sus cuatros paredes representaba sobre su persona una falta, una falla también, hasta una deuda. Era un cautivo víctima de un infierno unánime. Pero eso no le quitaba determinados privilegios. Si alguien había dejado a su alcance una libreta y una birome era justamente para otorgársela. O quizás para ejercer algún tipo de control y vigilancia sobre él. Ya que no pueden leer sus pensamientos, tranquilamente podrían leer sus escritos. Lo había decidido: la libreta era una trampa. Pero no dejaría de escribir, no, se aprovecharía de esta situación, la libreta, y la escritura sería su trampa. Y a su vez, se salvaguardaría de sí mismo y de la locura con ella. Si no podía hacer otra cosa más que escribir, aunque a la vez, la acción misma de la escritura lo condenara, entonces escribiría de cualquier manera pero tomando determinadas precauciones. Desestimado el sistema de código anteriormente pensado, se decidió por uno más sencillo y eficaz: la literatura. Literatura entendida como narración de la historia, de un historia, que se vuelve todo. Tomó entonces la birome y escribió: Rosas no se fiaba de los mensajes que le llegaban desde el interior del país. Aun creyendo que controlaba por completo lo que sucedía dentro de Buenos Aires, temía sobre la veracidad de la noticias que llegaban del resto de las provincias. Perseguido por su misma ambición de control por sobre lo que estaba sucediendo fuera del territorio que controlaba, implementó entre los batallones de su ejército el uso de un sello específico que debería ir hacia el final de cada mensaje que arribara a sus manos, otorgándole esto a cada mensaje que recibía, una impronta de verdad al texto emitido. Pero desde la implementación de este sello no pasó mucho tiempo hasta que en los círculos de Lavalle se supo sobre la existencia de esta encriptada insignia federal. Y pasó menos tiempo todavía para que el ejército unitario se hiciera de uno de estos sellos para comenzar a enviar falsos mensajes hacia Buenos Aires con la idea de despistar el accionar y las decisiones de Rosas. ¿Qué había pasado entonces con Merlo? Decidió que la vigilia era lo único que podía otorgarle alguna respuesta. Mantenerse despierto, alerta y consciente. Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación. Iba y venía de una pared hacia la otra mirando el suelo, o las paredes, hasta el techo. Podía ir y venir de la habitación con los ojos cerrados. La longitud del habitáculo era su espacio natural, se movía a través de ella como alguien lleva una mano a su propia cabeza con total naturalidad sin calcular la distancia. Contó sus pasos para no aburrirse, y cuando el número fue demasiado largo de pronunciar comenzó a otorgarle a cada paso una letra del abecedario. Le pareció más práctico que contar hasta un número infinito. Pero entonces cayó en la cuenta de algo más importante: se estaba cansando. Tanto caminar, tanto ir y venir generaba un desgaste innecesario en su cuerpo. Entonces decidió sentarse. No iba a hacer nada. Respirar y mantener los ojos abiertos eran sus únicas tareas. Corrió la silla hacia la pared que enfrentaba la puerta y se sentó. Los ojos fijos en la puerta, las manos sobre sus muslos, la espalda recta. Así estuvo un rato largo hasta que comenzó a sentir el cansancio que había previsto, y para colmo, seguido por algo peor: sueño. Sus ojos se entrecerraban y cada vez que notaba esto los abría bien grandes, siguiendo a este movimiento con el de la amplia apertura de su boca, como si eso sirviera de algo, pensó. Así estuvo durante varios minutos hasta que de pronto sólo sintió la oscuridad más plena y un cabeceó. Abrió los ojos con sorpresa, no podía dormirse. Aunque le costó un poco hacerlo, se puso de pie y no pudo más que mantenerse así apoyando su espalda sobre la pared. Pero no pasó mucho tiempo hasta que la oscuridad y el cabeceo volvieron a sorprenderlo. Oscuridad absoluta frente a sus ojos, y su mente en blanco. Entre blancura y oscuridad escuchó a Julita llorar. El llanto sonaba distante, casi imperceptible, como si no existiese y aquel sonido supusiese un ruido que podía confundirse con cualquier otro. Fruncía los ojos, como si eso fuera a ayudarlo a oír. A distinguir ese llanto, quizás de una risa, de un grito, hasta de un exagerando y propagado bostezo. Pero era un llanto lo que oía, estaba seguro, Julita lloraba. Tenía que pararse y hacer algo. Abrir esos ojos cerrados, ponerse de pie y dejar de divagar en su mente. Julita está llorando, piensa ahora con los ojos bien abiertos; pero el llanto cesó. Ya no escucha nada. Inclina la cabeza hacia la pared intentado percibir los sonidos de la habitación contigua y no oye nada. Julita ya no llora, piensa, mejor así. Y se relaja. Toma su lapicera y escribe. Está atrasado, piensa, tiene que seguir escribiendo. No sería la primera vez que alguien disfrazase la realidad en palabras. El nombre del personaje de “La metamorfosis” es Samsa. Y sólo es necesario remplazar las S por K y la M por una F, para descubrir que el nombre del autor de aquel cuento está presente en el cuento mismo. Pero es muy obvio, tan obvio. Aunque se remplacen todas las letras de una palabra y se formase una totalmente indecible, el significado seguiría existiendo. Puedo lograr que REALIDAD se traduzca en HFNUTPNP, no importa. Se detiene, ya no escribe; cree escuchar nuevamente a Julita llorar. Cierra los ojos, como siempre que uno hace cuando cree escuchar algo pero no lo percibe del todo, porque en ese acto, sin reconocerlo, la anulación de un sentido, anulación que invoca a la ceguera, supone automáticamente un aumento en los demás, incluída la percepción auditiva. Entonces, cuando cree escucharla, en la oscuridad de sus párpados bajos, se imagina a Julita con la boca bien abierta, los ojos fruncidos y los brazos erguidos haciendo movimientos errantes en el aire. Cuando no, cuando aun con los ojos cerrados piensa que se equivoca, Julita se le presenta durmiendo tranquila y estática, y los animales que decoran la parte superior de su pequeño pijama parecen moverse cada vez que el pecho de Julita crece y decrece a causa de su parsimoniosa respiración.
           “¡Despierto, carajo, abra los ojos!”, escuchó gritar a alguien, “¡Alerta!”. Pero se percató que el que gritó había sido él mismo. “¡Dije despierto, carajo!”, escuchó gritar a alguien, “¡Contra la pared!”. Entonces se puso de pie de un salto y se dirigió contra la pared, pegó su frente contra esta y esperó. Esperó hasta que no oyó ningún otro ruido más que el de su respiración agitada por ponerse de pie tan rápido. Se dio vuelta y sintió hambre. Vio un plato de comida en el piso con un vaso al lado. Se acercó y bebió. Agua, dijo. La comida se vislumbraba a simple vista: era arroz blanco. Comió, le falta sal, pensó. Comprar sal escribiría luego en su cuaderno. Y cuando efectivamente lo hizo, supo enseguida que era incapaz de sacar la cuenta de los días que llevaba sin salir de la habitación. “Hace tres días que no como nada”, dijo en voz alta. ¿Cómo era posible entonces que no sintiera hambre? Ni siquiera cansancio o una mínima sensación de debilidad. Miró hacia la mesa y vio un vaso casi lleno de agua, pero no sentía sed tampoco. Eso, claro, respaldaba el hecho de que no se hubiera deshidratado, había agua. Pero cómo evadir la inanición, pensó. Intentó recordar con todas sus fuerzas cuándo había sido la última vez que había ingerido algún alimento, pero ni un solo recuerdo surgió en su memoria. Entonces se asustó. Su respiración se agitó y estuvo a punto de entrar en pánico. Vio un plato con arroz sobre la mesa y enseguida una ínfima convulsión en el estómago lo forzó a mirar en otra dirección. Y así una nueva idea lo desequilibró por completo y tuvo que sentarse en la cama por miedo a desfallecer: estaba perdiendo noción sobre el tiempo, sobre la realidad. Sin saber por qué se miró las manos. Nada extraño notó en ellas. Se tocó la frente pero la temperatura de ésta no lo alarmó en lo más mínimo, se refregó los ojos, se puso de pie de golpe y detuvo sus ojos en la puerta. Podía abrirla, pensó, ya que en la habitación no había indicios de comida, podría ir a buscar esos mismos indicios por fuera de ella, hasta alimentarse también, aunque hambre no sentía, en absoluto. Fue hacia la mesa y tomó la libreta, después de abrirla comenzó a pasar las hojas y leer las fechas que había escrito al principio de cada anotación. 17 de mayo. Siembro mis ideas a partir de un plan que conjuga… pasó de página 18 de mayo, noche. El discurso de Leopoldo Lugones (padre) de 1924 da comienzo a… dio vuelta la página y leyó 20 de mayo, ¿mediodía? Somos las brasas del mundo. Aunque consternado por el pasar de los días, ahora había algo que lo preocupaba todavía más: no recordaba haber escrito esas palabras, ni una de ellas. Y por otro lado, ¿cómo estar seguro de las fechas? ¿cómo saber que la última anotación había sido hecha el día anterior, el actual o hace una semana? ¿Y qué había pasado con Merlo?
            Julia Weinbaum. Pio XII 364, 4º R, Merlo, CP 1722. No supo qué deducia al respecto. Releyó. R, Merlo. ¿Ricardo Merlo? ¿Qué tenía que ver Julia con R, Merlo? ¿o mismo con esa dirección? ¿Por qué, por sobre todas las cosas, si esto estaba escrito con su letra no recordaba en absoluto haberlo escrito. La escritura mantiene relaciones bastante problemáticas con la realidad, escribió las palabras de una mujer francesa. Pero sin embargo la escritura mantenía perfectas relaciones con la historia: la escritura era historia y viceversa, una hacía y posibilitaba a la otra. Materia y forma: toda materia tiene su forma, y toda forma delimita a la materia. Eso era entonces lo que estaba pasando. Había llegado a comprender su situación y sólo hizo falta que se hiciera consciente lo que había venido haciendo hasta el momento. Al ver que Oro no encontraba ni Carne podía vender, empecé -aprendiz de mago prodigioso- a sustituir el oro y la carne por Palabras. Grandes, hermosas, enjundiosas, jugosas, ricas palabras, llevadas en brillante cortejo de Sabios, Doctores, Profetas y Filósofos. Y enseguida, a los pocos meses de la llegada de Colón a las Indias (actualmente continente americano), el rey Guacanagari, en un gesto de camaradería, pero por sobre todo de subordinación, se quitó su corona y la posó sobre la cabeza del almirante. Este respondió a dicha acción mediante la entrega al rey indígena de un collar, una capa, unos borceguíes y un anillo de plata que llevaba puestos. Colón podría haber entregado todo lo que cargaba con él, toda su vestimenta y alhajas, y todavía más, ya no importaba, Guacanagari entrego a él su facultad de rey, todo lo que poseyera, regalado o no, pasaba a ser entonces del nuevo rey, el almirante genovés. Si la palabra es poder, no podía sino entonces escribir. Y eso había venido haciendo. Era deliberado y arbitrario. La escritura hace a la historia y su historia debe ser narrada. Por eso la libreta, por eso la dejaron ahí, por eso él la tomó y así hizo de su uso un privilegio. No sólo no había caído en la trampa, sino que la había superado y hasta retrucado la apuesta. Hacía varios días lo había descubierto. Acostado en la cama, con los ojos que apenas podía abrir, debido a la hinchazón, observaba la habitación y descubría mínimas y desgastadas inscripciones que la decoraban. ¿Qué tiene hocico, pelo y se lo puede colgar? Un perro con una percha en el culo. Enrique. No matarás. Viva la patria peronista. Nunca te olvidé, Silvia. El que conoce la verdad no es igual que al que la ama. Al observar todas esas inscripciones, las incorporaba como si fuese un antropólogo observando por primera vez jeroglíficos desconocidos. Haciendo uso de la única capacidad posible de interpretación: la del propio sistema, el antropólogo vería un dibujo de algo que se asemejaba a un hombre, y a ese símbolo lo llamaría “hombre”; y otro simularía una luz celestial, y el antropólogo lo llamaría “Dios”; o vería algo similar a un hombre con una lanza y diría “guerra”. Así entonces le pasaba a él lo mismo: a cada letra y palabra, le otorgaba un significado, por lo tanto, un valor, y una verdad. Descubrió a partir de esto cómo debería actuar: de igual manera. Impondría sus signos y símbolos en papel en pos de un sentido, un mensaje y una historia. La suya, y no. Pero ya estaba hecho, dado por completo Entonces supo cómo debía actuar ahora. Y así es como debe terminar. Se acerca entonces hacia la mesa arrastrando la silla detrás suyo, se sienta y apoyando primero los brazos inclina su cabeza para dejarla sobre la mesa. Cierra los ojos y siente algo sobre sus pestañas, algo así como una pelusa. Gris y un tanto enjambrada de polvo y tierra. A un costado, y más bien de fondo, desde el cenit, bajo la pelusa, se puede observar la tapa azul de la libreta, y en su borde inferior una inscripción. Un número, 1977, y lo siguiente: R, Merlo.


2 comentarios:

  1. Muuy bueno viejaa! tiene un poquito de esto y otro poquito de aquello,como me gustan las cosas.jaja

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