miércoles, 20 de mayo de 2015
Donde se estrella el agua verde contra la tierra silenciosa
La
escritura nuevamente se torna problemática. Se volvió instinto, reflejo, un
accionar reconocido y aplicado a su reproducción casi mecánica. Como respirar,
como abrir los ojos y ver. Ya disipada la ansiedad, el deseo de escribir y, por
sobre todo de no detenerme, me llevó a otra instancia por igual y
definitivamente estancada: el movimiento constante. Pero, como siempre, se
agotaban los temas, las ideas, las tramas, los conceptos; por el contrario, era
puro estilo y voces, varié en recursos y procedimientos. Tenía esas herramientas;
lo que no tenía era sobre qué aplicarlas. Era un golpe de martillo en el aire
que nunca arribaba al objetivo, que se sacudía en círculos a travesando el aire
y golpeando la nada. Como anticipé: era mero e indireccionado movimiento. ¿Qué
es todo esto que escribo, no sólo su explicación, sino a la vez su ejemplo? ¡Y a la vez tan obvio! Es como andar
caminando por la calle, por el barrio, o por esas calles que uno transita
seguido. Conocer y reconocer determinados y específicos caminos que nos llevan
del hogar al trabajo, o aún menores, como del hogar a la panadería, o del
kiosco a la parada del colectivo. Era como andar por esos caminos decía, y a la
vez obviarlos, justamente por su hastiada repetición. De la rutina de los
mismos caminos surge la repetición de la experiencia. Se sabe lo que hay, se lo
recuerda, nada sorprende, nada muta mucho que digamos. Se lo conoce en todas
las estaciones del año, en varios momentos del día; en fin, se los transita, se
los conoce. De esta forma, al no ocuparse
de observarla, analizarla, sino apenas como algo dado e inamovible, ahí es
donde surge la capacidad de la abstracción absoluta. Todo lo que nos rodea se
vuelve absoluto, por lo tanto indescirnible. Es como respirar, es algo dado, no
se lo juzga, no se lo considera, en absoluto se lo tiene en cuenta. Sucede y
punto. Y si lo que sucede y punto es el ambiente, y sus variaciones a través de
su tránsito, entonces cualquier abstracción, cualquier escape es único. Sí, único, pero eventualmente estructurable, al
punto de volverse mecánico. Como la escritura, como lo que decía antes, como un
escribir por escribir. Y eso estaría muy bien para la vida: un vivir por vivir,
y eso es todo, es suficiente. Pero no se puede escribir por escribir, no se
debe. Sí, no se debe. Ya no es literatura entonces. Ya es otra cosa. Otra cosa,
sin acuses, sin deméritos ni tampoco atribuciones: es otra cosa. Pero no
literatura. No, esto no es literatura.
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