(...) antes del lenguaje no había nada, nada humano.
I
En todo caso se trata de un
pensamiento al azar, una idea que se dibujó en mi mente. Pensé en esos seres
pasados, antepasados nuestros, los primeros y los segundos y millones de
generaciones de hombres que habitaron la tierra. Imaginé al planeta infestado
de plantas, rodeada por ríos y arroyos, alucinada por el canto celestial de
millones de pájaros y animales desjaulados. Recorrí en un vuelo imaginario las
altas planicies del África, las estepas rosadas al sur de Europa, todos esos
pedazos de tierra que ni nombre tenían y que deformemente se juntaban, unas con
otras primero: separaciones, naufragios, reuniones y rupturas. Crecía la
tierra, se acomodaba, cambiaba pero siempre con lentitud, suavemente, como si
el tiempo fuera curvas en el aire, rayas de colores brillantes que se
entrecruzan y divagan siempre a merced del viento, con gracia y plasticidad.
Por momentos me esforzaba para incrementar la nitidez de la imaginación: apretando
fuerte los ojos que se cerraban en un gesto infinito y tensando los músculos de
la frente, buscaba enfocar en detalle lo que estaba viendo, algo en particular
que me interesaba descubrir o recordar. Y vi cómo los homínidos salieron al
mundo, llenos de baba, con toda la desnudez de la especie, horrenda, peluda,
pero astuta. Débil frente a un mundo hostil organizado sobre un único precepto:
el de la supervivencia. No se sabe mucho de nada, quizás nadie se lo pregunta,
pero la única verdad es esa sensación interna que nos dice que hay que seguir
viviendo. Y así el hombre se reprodujo, protegió a su cría sabiendo que esa era
su tarea.
El hombre, tan débil como
ineficaz, ridículo ante las maravillas del mundo. Dos pies con cincos pares de
dedos, extremidades lo suficientemente cortas y precarias como para perder en
velocidad contra el primer tigre o avestruz que se presentara, lo
suficientemente largas y estrechas para perder estabilidad y peso gravitatorio.
Con dientes tan pequeños y moledores listos para mordisquear lechugas y pedazos
de pasto (el hombre encomendado a comer lechuguitas y hierbas varias). El león,
las hienas, los zorros astutos, entre su carne se deleitan. Hombre-presa corre,
salta, se esconde, encuentra cuevas, se abriga, construye, se junta. Comunidades,
grupos armados… astuto el hombre, el hombre astuto. Astuto el hombre, esa es su
arma de guerra y de amor. Ya asentado en comunidades, el hombre empieza a
envejecer, encuentra la forma y su lugar en el ecosistema. Siempre presa pero
ahora también predador.
A esta altura parece engañoso el
relato. Sé que divago pero no es más que por ser este el recuerdo de un
recuerdo y realmente fue una experiencia abrumadora. Y llamo “recuerdo” a esa
serie de imágenes que comencé a describir porque creo que la evocación primera,
“la idea que se dibujó en la mente”, tenía esa cualidad, así se presentó en el
momento: el formato, las sensaciones y la emotividad de un recuerdo, como si
todo fuese la evocación de algo ya visto, indiferenciado en algún nivel total desconocido.
“Yo-mismo-evocando” habrá durado más de dos horas. Me quedé sentado frente la
máquina perforadora, con los codos y los antebrazos apoyados contra la mesita
de fierro y el cuerpo levemente inclinado hacia adelante. Me movía cada tanto e
incluso me salía de esa alucinación-recuerdo-evocación. Pero todo estaba en ese
otro nivel impalpable para todos, invisible para los demás. Vi cómo un día el
hombre creó a dios. En algún lugar del planeta lo vistieron con trapos y cuerpo
de león. En otro lado le pusieron patas de conejo. En un grupo no tan pequeño
de 137 hombrecitos, le pintaron de colores el cuerpo de poni y los cuernos en
la sien. Creció dios y creció el hombre, miles de hombres. Cada vez menos “dios”
y más Dios. La multitud aclamaba,
bullía, celebraba. “Las manos, la clave está en las manos”, pensé en medio del
sueño alucinador (porque realmente la evocación también tenía ese formato, esa
sustancia etérea) y detallé en mi mente la imagen de una mano. Se me
aparecieron fotos de enciclopedias, un afiche de hospital o mismo el de la
escuela pegado en el pizarrón, y me acordé de Pamela, profesora de quinto,
alta, morena...
El hombre, el fuego, Dios, dedo
oponible, la rueda, débil, lanzas, machetes, astuto… El hombre ante Dios pierde
su instinto de supervivencia, pierde la pulsión de vida y se abraza a un culto
del dolor. Se encamina hacia la muerte, se pone de cara a ella. Se pregunta,
reflexiona, “¿quién soy?” dice uno, y se crea el lenguaje -¡punto para Cromagnón!
“Guerra”, dice otro, “mamá” el más pequeño, y todos se olvidan de Dios. ¿Por
qué el lenguaje? ¿De dónde la expresión? ¿Cuántos años tiene la conciencia? O
es que siempre fue igual: tal vez los hombres peludos, nómades faloandantes
veían el mundo y se preguntaban por el ser, la nada, la muerte y la noción de
verdad. ¿Verdad que es más fácil pensar que no, que aquellas bestias hermanas,
padres y madres miraban el mundo y repetían “uga, uga”, así sin más, para luego
seguir comiendo sus bananas ¿Tan difícil es imaginar al homo erectus sentado al
borde de una colina contemplando la nada, el campo verde a lo lejos, la puesta
del sol decorando las aguas de un lago azul alargado hasta las costas de arena
plateada, fosforescente. Qué otra cosa hace usted, señora de maya enteriza,
sentada en la playa, mantel en mano, gorrita y los pies que se embarran de mar.
Contempla, pasa el tiempo, y hasta quizás se pregunta algo. Ahora es más caro,
eso sí: el precio por contemplar se cotiza alto, fluctúa según variadas
apreciaciones de lo justo. Los fenómenos sencillos, tales como el mar, las
sierras, algún río pequeño o arroyo, inclusive una laguna o bosquecito, se los
consideran más económicos, quizás por su bajo nivel contemplativo o estético.
Luego le siguen la montaña –claramente por lo que significa el tamaño, la
altura y el efecto que produce en el hombre astuto, lenguado y total, la
experiencia con la “inmensidad”, la idea de verse abrumado ante la percepción
del todo y el empequeñecimiento romántico del hombre que llora por la destrucción
del yo que más adelante será recompuesto uniendo los pedazos. Las cataratas,
cadenas montañosas nevadas, grandes lagos, glaciares y construcciones del
hombre antiguo (astuto, lenguado e incompleto) son las más caras y, por ende,
las que mayor nivel contemplativo poseen. Miles de seres humanos disfrutan de
todas estas experiencias sensibles, llenan su alma en base a su dinero. Una de
las reglas de este nuevo mundo del hombre astuto es la correspondencia directa
entre “dinero” y poder contemplativo.
Toda esta especie de perorata
epifánica y ensayística se dio en la forma de un golpe con cierta carga
eléctrica y visual que duró algo más de un segundo, no llegó siquiera a dos. No
apareció como el resto de la escena que me mantenía inmóvil y desandando mundos
imaginarios a una velocidad imposible. No fue como en todas las anteriores en
donde yo era una cámara flotando, reproduciendo la realidad tal como la
observaba: hombres, plantas, el fuego, una cruz y, colgando, el hijo de Dios.
La anterior suma de reflexiones careció de imágenes. Fue, como dije, un golpe,
la sensación plena de la fuerza, de la fuerza como sustancia y nivel físico
palpable. A pesar de prescindir de imágenes, no lo hacía así de sensaciones
visuales, pequeños gases interceptando el aire, fragmentos de colores
disparando flotillas. Pero el hijo de Dios volvía a los cielos aceptando exculpando
al hombre –“Perdoná, loco. Fue una gilada lo de la manzana”, dijo el hombre
excusando al padre. “Todo bien, no pasa nada («la primera te la regalo, la
segunda te la vendo» */ frase googleada ante la duda acerca de la misma. Se
trataría de un tema de Los Twist o sería parte de una de sus letras, cosa que desconocía
por completo hasta este momento -¡milagro: La Internet! /)”.
II
De qué se trata todo esto: de mí
sentado frente a la perforadora, los antebrazos y codos sobre la mesa de
fierro, en medio de un divague o experiencia sensorial. El hombre crea el
lenguaje y mata a Dios, construye palacios y cárceles, hace un libro enorme y
lo declaran sagrado. Punto. “Quiero hablar con Dios” insiste alguno. “Dios está
ocupado, habla conmigo”, responde el hombre astuto, lenguado. Volvió a mí la
capacidad de reproducir imágenes en mi cabeza, de ser un ojo que flota sin
ataduras más que la inercia que me hace mover (siempre en movimiento). Vi los
palacios del hombre débil ahora pegados al suelo, la tierra dividida en
cuadrículas: líneas horizontales y verticales de cemento y hierro, polvo
cósmico y pequeños yuyos superpoblando entre grietas y fracturas. Yuyos y
torpes apariciones de una flora que en medio de la realeza del bosque son
costra indeseable, las putas del sistema arbóreo, mucamitas de las grandes
bestias. Pero en este nuevo mundo del hombre astuto y lenguado, los yuyos son
contemplados no sin antes agradecer al hombre avanzado por ese servicio. “Deléitense
con mis fuentes de yeso, arcilla y cal, algunos litros de agua y sin ningún
otro concepto que el de poder reposar las cachas mientras por detrás se escucha
caer el agua”. Me adentré, yo-ojo, en ese mundo urbano y perdí las referencias:
no llegaba el sol, y el gris cemento, gran acumulador de energía, mantenía el
clima caliente y húmedo. El aire estaba impregnado de materia descompuesta (el
cemento: buen acumulador de energía pero también gran aislante, impenetrable y
obtuso ante la descomposición de la materia). Salí deprisa hacia el cielo,
volando alto, cada vez más alto hasta que sólo viento y silencio. Moví mi ojo,
yo mismo movime, y la tierra: luces, millones de luces, y todavía silencio.
Algo se vació en mí y me dejé caer. Precipitado, yo-ojo-cayendo, la tierra se
acercaba, las luces, las colinas se iban distinguiendo, los oleajes ganaban
movimiento, y cada vez más cerca y más rápido, la tierra cuadriculada, las
calles, los autos, personas sin caras, las caras, el calor, el asfalto…
La voz de Patrón me despertó, si
es que dormía. Interrumpió el sueño, si
es que evocaba. “Ya está lo de Aníbal –llevate la camioneta y decile al pibe
que te de una mano-. Cuando volvés mandate para la esquina que comemos una
pizza”. “Hecho. Dos de media y lo del remito, ¿no? -pregunté sabiendo la
respuesta, y sabiendo que Patrón no tenía ni idea, pero para demostrar que
estaba atento y sobre todo para ocultar un poco que estaba en pleno recorrido
trascendental. Qué decirle si le hubiese parecido sospechosa mi postura:
“disculpe usted: estaba reviviendo con la mente, a través de una experiencia
sensorial, la evolución de la tierra y en particular del hombre a lo largo del
tiempo”. Imposible. “Creo que sí, el pedido está encima de la caja –«por
supuesto que sí patroncito, vaya nomás», risueñamente en mi cabeza”. Patrón era
un hombre decente y respetuoso. Como todo burgués respetaba la característica
afición por el trabajo, el acumulamiento económico y el usufructo de la fuerza
de trabajo de los desposeidos. De alguna manera lo quería, me sentía seguro con
él. El padre siempre es el padre…
Interrumpida mi experiencia
sensible y ya con los pies en la tierra y los ojos afirmados en sus cuencas,
agarré la caja grande, las dos bolsas y las cargué en la parte de atrás de la
camioneta. Dos vueltas al burro de arranque, la primera fallida, la segunda
perfecta. “San Martín y Asunción: cerca de las vías del tren, ¿esa no es la del
Zubizarreta? Beiró… me conviene por Gaona y después Nazca”. Verde y avanza la
ola de metal.
“Aníbal, cómo le va”, de cara a
la ventana por la que se asoma Aníbal chequeando identidad.
“Qué hacés” –el delantal de tela
lleno de hilos delatan el trabajo-. Decile a tu viejo que me conteste algún
mensaje porque lo voy a matar”, riéndose mientras sostiene el escarba-dientes
con los dedos.
“Ni a mí me responde, es un viejo
choto. Yo que soy copado te contesto, te paso a visitar ¿o no? Mirá lo que te
traje –señalando y ofreciendo el remito. Lo trajimos ayer de la fábrica y ya lo
tenemos listo para vos”.
“No pibe, me matás. Estoy con los
huevos en la garganta. No puedo seguir comprando mercadería si no vendo la que
me queda”
“Aníbal, vos no vendes lo que
tenés porque ya es viejo, pasó de moda, la gente está buscando otra cosa. Lo
que están buscando es lo que te traje acá, lo último. Y eso lo comprás hoy y lo
salís a vender a la tarde porque si te ponés a pensar y a dar vueltas y «dejámelo
pensar», se te escapa entre las manos. La semana que viene ya arrancás de
abajo, perdiendo contra el que sí se avivó y tiene los locales llenos de
pelotudos comprando cualquier boludez porque tiene un agujero nuevo o brilla un
poquito más”.
“Y qué tenés ahí”, preguntó
Aníbal.
“Lo mismo de siempre pero
actualizado. Colores, combinaciones, brillitos, lo último Aníbal. Y por esta
vez, para no matarte y ayudarnos entre nosotros te descuento el cinco. Vamos con
la curva, estas combinaciones y los doce productos. El total te lo marca acá
abajo”
“Bueno. Vamos a probar. Total no
pierdo nada, peor no puedo estar”, dice Aníbal lleno de esperanzas.
“No seas boludo, no pienses así.
Haceme caso y ponete a laburar con esto ya. Tomá Aníbal, me habías dicho que te
faltaba esto –saca dos rollos de media cada uno. Va por mi cuenta”
“NOOO, no seas boludo”
“Por favor, Aníbal”
“NO, deja que yo puedo”
”No es por eso, tomá, agarralo
que no me cuesta nada”, y se lo encajé medio de prepo para que él haciéndose el
distraído lo acepte como resignado.
III
No fui a comer con mi viejo.
Estacioné la camioneta en la vereda más cercana a la costanera y me bajé a
comprar un choripán. Apoyé codos y antebrazos contra la parecita que dividía el
cemento del agua y devoré famélico. Tenía un hambre voraz del que había sido
consciente ni bien pasada la secuencia con Aníbal. Me subí a la camioneta y se
me acalambraron las tripas. Sólo podía pensar en una cosa camino a la costanera:
choripán. Me concentré en la lejanía y dejé que el viento pasara libre a través
de mí. Buscaba regresar a la experiencia sensible, continuarla en algún punto,
repetirla. Pero sin tiempo ni espacio,
oscuro y desposeído,
silencioso
nada se movió,
y apareció el
pensamiento-palabra.
El hombre astuto-débil-frágil
como germen del sistema. El propio mundo natural creando su apocalipsis, su
destrucción. O quizás no estaba planeado el lenguaje y el hombre en un gesto
revolucionario creó una manera de comunicarse y transmitir conocimiento,
acumularlo hasta encontrar la manera de rebelarse contra ese mundo hostil,
injusto que dotó a aves de largas zancadas y a tigres de colmillos
desgarradores y nos dejó a los hombres indefensos pero astutos. “Y luego de
grandes pérdidas y sufrimientos encontramos la manera: nos refugiamos en casas,
entrenamos soldados, defendimos nuestras murallas, educamos nuestras mentes.
Luego de tanta humillación frente a la belleza de los lagos y la inmensidad de
las gaviotas, por fin reclamamos venganza. Crearemos armas y bombas para
destruir cada pequeña manifestación de lo natural. Mataremos a todas esas
bestias doradas u opacas que no se cansaron nunca de perseguirnos hasta que
tuvimos lanzas y flechas. Serán aplastadas por la astucia del hombre (que sin
grandes garras descubre el plutonio ¡y a cagarse por miles!). Desde ahora y
para siempre, hasta que no quede nada, ni un pedacito de tierra que no nos pertenezca,
y allí pondremos nuestra marca, el cemento humano y la cruz de metal”
IV
Imaginen a un hombre sin pasado:
Verdadero hombre nuevo, el único
posible
Lleno de sensaciones, de miedos,
de curiosidad
Toca el fuego y se quema
Mira las luces del cielo y
alucina
Se inmola contra las aguas no sin
antes desconfiar
Piensa y reflexiona
Hace un esfuerzo no por
comprender sino por apropiarse
Sonríe
Descubre que puede cantar como
los pájaros
Se topa con la lluvia y se moja,
no entiende, se asusta y se resguarda
A la tercera vez desnudo se
zambulle en el aire, eleva los ojos al cielo y bebe.
“Agua, agua del cielo”,
deslenguado no puede decir.
Sin culpas ajenas, sin
responsabilidad. El hombre nuevo contempla. El sol desciende en el horizonte. La
desnudez de una mujer lo sorprende. Explota con toda vehemencia las aguas de
una cascada contra las formas curvilíneas de ese espejo distorsionado. Se llena
de intriga el hombre nuevo y descubre otras regiones de su cuerpo. El cuerpo
del hombre nuevo que ahora se siente incompleto pero nunca tan evidente la
carne, los huesos, la sangre. Se deja ver frente a su doble, se presenta
repentinamente, demostrando su fuerza, pues aún está temeroso de esa criatura
tan familiar pero hermética. La mujer se sorprende, pero no se avergüenza,
Jamás pasa por su mente (la mente fresca de la mujer nueva) ocultar su
desnudez, disimularla. Hermosa y gigante se irgue en toda su postura. Ella
también analiza. Ambas criaturas se acercan lentamente, midiendo cada paso y
siempre con los ojos clavados en los ojos. A escasos metros uno del otro,
ensayan ataques. Uno avanza y retrocede, gruñe, se pavonea. La otra grita y
encorva la espalda, pega saltitos cortos y tira manotazos al aire. Finalmente
forcejean. Se golpean con fuerza, cada vez más cerca, se abrazan y rasguñan,
caen al piso y ya hace rato que están seguros, confiados uno del otro. Con esa
misma violencia buscan los sexos y al rozarlos o sujetarlos-descaradamente las
sensaciones estallan y confunden. Todo nuevo, piel con piel, cuerpo a cuerpo,
la tierra que se llena de baba, fragancias que se entremezclan con las hierbas
y los frutos caídos del bosque. El murmullo del agua de fondo, imperceptible en
el último momento en donde el cuerpo se deshace en átomos, poco a poco se
desvanece en una curva descendente que se une a la tierra y se continúa de
regreso al cuerpo. Yacen tendidos las nuevas criaturas, extasiadas, jadeantes,
sucios hasta la pera, muertos de frío y silencio, uno encima del otro.
Una madre a su hijo: “Tuto, tuto
–señalando con un dedo y el brazo extendido la estufa mientras fijamente
observa el gesto extrañado del obediente niño”. “No corras” –hijo se detiene y
se sienta junto a madre. Con las manitos avergonzadas por el reto arranca de a
uno los pastos del jardín. Lleno de odio se empecina con yuyos cada vez más
poblados: la tierra vuela cuando se desgarran las raíces, los pequeños deditos
culpables se tiñen de verde. Lleno de odio el hombrecito astuto decide arrasar
el mundo, cada pequeña porción de naturaleza que se muestra inaccesible
inexperimentable, prohibida, lejana. La suma de todos los padres y madres del
hombre, El Mega-Edipo, la fuerza total y creadora, el vientre universal: ausente.
Padre, Madre y Vientre ausente, el paraíso en la tierra destruido a conciencia
(la historia de siempre). Destruir el mundo es lo único permitido por la madre
adoptiva, la de mente astuta. “Jugarás sólo con cadáveres del mundo. Destruiré
su flora y su fauna para vos. Talaremos miles de árboles para que puedas hacer
tus estúpidos dibujos (te enseñaré cómo es una casa), mataré miles y millones
de bestias para que te deleites con su deliciosa sangre, haré explotar
kilómetros de campo verde para recolectar sustancias que luego serán tus bienes
más preciados (mientras vivas de este lado del mundo, medirás el mundo en
función de un sistema que nos enorgullecemos en llamar métrico, ya habrá tiempo
para esas cosas). Te educaré sobre el sexo y el miedo que entierre en tus
entrañas será sólo porque así lo creyeron correcto algunos hombres astutos hace
muchísimo tiempo. Pero no te hagás problema: madre está acá con vos para que no
tengas que hacer nada, el mundo lo conocerás rápidamente a través de un par de
frases y luego será cuestión de sobrevivir. Lo único que te pedimos a cambio
nosotros, madres, padres, hombres-mujeres-astutas es que repites el
procedimiento con tus futuros hijos-astutos”; “No levantes cosas del suelo”, y
suelta la peligrosa ramita que por algún motivo había tomado. “Amarás a una
sola mujer. Sos muy pequeño para entender el amor, pero algún día te llegará y
será para toda la vida. Por supuesto que no dará resultado y ni bien fracase
esa primera experiencia amorosa todo tu mundo se derribará sin que te des
cuenta y justamente eso hará de la angustia tu vida. Confundido y demente jamás
podrás aceptar que madre se ha equivocado y entonces te llenarás de un miedo
inasible, un temor propio de la ignorancia”. Listo, el hombre-astuto-con-pasado
ha poblado el planeta. Miralo caminar en silencio, casi siempre solo y con la
vista pegada al suelo, esquivo y desconfiado del otro. Por allá van en pequeños
grupos, algunos risueños, otros cabizbajos. ¿A dónde van tan apurados?
V
El inmenso río de la plata,
tranquilo mar a la vista del hombre común, el río más ancho del mundo, para el
hombre astuto y orgulloso. “De eso se trata –pensé silencioso. Ya hace mucho
Malthus formuló la verdad indiscutible, y el mundo se quedó callado como quien
sabe que nada más se puede decir. La raza hombre-astuto-débil-lenguado-humillado
crecerá de manera desproporcionada en relación con su medio. Lo agotará hasta
la última gota y ya sin gotas se preguntará qué queda por hacer. No sólo
nacerán miles de pequeños hombres astutos sino que los ya nacidos se mantendrán
con vida lo más que puedan, y será mucho. Trabajará en la cura de cada
enfermedad que se presente, combatirá con la química la inefable vejez y a cada
paso dejará su vida para evitar la muerte. La muerte es el enemigo, el legado
de Dios, su último castigo sobre una raza enferma y pecadora, culpable desde la
manzana hasta la pera, perniciosa (ahora ya no hay dudas), malthusianamente
destinada a terminar con todo rastro de vida a su alrededor. Pero no lo hará
sin antes vengarse del mundo. Lo modificará hasta los cimientos, a su imagen y
semejanza como el buen Dios le enseño. Así será el mundo del
hombre-astuto-moderno-acaparador. Y es que Malthus lo dijo todo. Formuló su
premisa y se quedó callado como el resto de la humanidad sabiendo que había
puesto en palabras la condena de Dios, que la había hecho comprensible para
todos esos hombrecitos que sólo entienden las cosas con palabras. El mundo dos,
el hombre cien, y así hasta la destrucción total. Entonces la propia naturaleza
elaboró su elemento asesino. Fue ella misma quien se encomendó al final. De qué
estaría escapando, qué asunto la tenía tan agobiada que decidió suicidarse.
Sabia y angustiada naturaleza que te has dejado matar. O quizás el hombre no
sea el fin y él mismo perecerá antes que el mundo. Tal vez está todo planeado y
el planeta nos sobreviva. Por lo pronto sólo podemos confiar en Malthus y soñar
con que algo mejor vendrá, aunque lejos, tan lejos de nosotros que asusta.
VI
Llegó un día en que nacieron
347.933 pequeños hombrecitos astutos casi al mismo tiempo, mientras que en los
alrededores un par de manzanos maduraban sus frutos con paciencia y
comprensión. Uno de ellos tomó un fruto, pero antes de poder comerlo escuchó el
siseo que hizo en el viento el palo que se estrelló contra su cráneo un segundo
después terminando con su vida. Pequeños grupos se enfrentaron hasta que sólo
algunos pares de hombres quedaron de pie devorando los frutos llenos de sangre.
Incluso entre ellos, ya saciados, apareció la guerra. La amenaza que
significaba un competidor en la carrera de la supervivencia era demasiada. Así
fue como el último hombre en pie (en sus dos pobres y torpes pies) devoró
rápidamente todos los frutos del árbol y cuando ya no quedó nada golpeó el
tronco lleno de ira hasta derribarlo. Convirtió la sustancia en papel y lenguado hasta las manos, escribió la
angustia total de estar vivo. Sin tiempo de percibir nada, su cráneo estalló en
mil pedazos cuando algún otro lo sorprendió con una gran y sólida piedra.
Hambriento hasta los huesos, sin embargo, no pudo alimentarse del cadáver. La
sensación de estar siendo observado por dios lo hizo avergonzarse y culposo se
tumbó a su lado envuelto en lágrimas.
VII
En una sociedad del futuro, a
mediados de este milenio, el hombre finalmente ya no cabe en el mundo. El
crecimiento poblacional mantuvo su curva y a pesar de las políticas de estado
los hijos siguieron naciendo de a cuatro por familia en un promedio que abarca
desde la comunidad económica de Eurasia del este hasta las pobres llanuras de
las ocho regiones del Sur. Incluso las leyes más estrictas, como la ley de
vasectomía obligatoria o el aumento del tributo al Estado por hijo, fracasaron
en su intento de frenar el colapso. En la zona de los Altos del Sur, antropólogos
que llevaron allá su trabajo describieron cómo se trató en sociedades urbanas y
desarrolladas siete grados en la escala de Nilstein, la cuestión de la
reproducción indiscriminada en base a dos medidas fundamentales y dos aparatos
de Estado encargados de su correcta aplicación:
1-
A
través de publicidad oficial se concientiza sobre las razones por las cuales
está absolutamente prohibido "traer hijos al mundo" (así reza el
slogan), se advierte e informa a la sociedad de la existencia de la ley que
estipula esta prohibición. La Cámara de los Iguales se encargó en su momento de
elaborar y sancionar cada inciso, aclaración y apéndice del proyecto y en sus
frecuentes sesiones evalúan los resultados, actualizan y contextualizan la
publicidad oficial (tal como sucede al comienzo de cada verano durante las
danzas de Mayestic Rojo en donde la perorata informativa apela al
sentimentalismo propio de la tradición y se carga de imágenes festivas y
esperanzadoras frente a la cercanía de los Juegos de Inverno).
2-
Como
continuación de la primera y en las manos del Cuerpo Ejecutivo, la segunda
medida consiste en la “desaparición lisa y llana de todo ser humano nacido
luego del año 2.543" (Povernic, 2.578: 23). La ley fue promulgada en el
año 2.561, pero la situación de emergencia obligó a la Cámara de los Iguales a
fijar la fecha 18 años antes de la real basados en cálculos y ecuaciones que
aseguraban con esta corrección un seguro retorno al equilibrio ecológico. A su
vez, la Cámara se encargó de justificar la medida a través de sus medios y
luego, cuando el pueblo empezaba a confundirse, directamente empezó a nombrar
el año 2.543 como “el año de la salvación”. "Un slogan es la clave para
instalar cualquier verdad. En ellos no importa tanto lo que se dice sino que
suene bien, bonito, melódico" (Manual de Marketing, Ana Dopasos comp.,
1998: 1). También se apoyaron en argumentos teológicos e incluso filosóficos
para aquellos más prevenidos contra el poder adoctrinador de los medios masivos
de comunicación. Junto con la repetición y el merchandising, se pudieron
observar posturas ascéticas y escépticas con respecto a la procreación. Miradas
parecidas a las de las primeras pos Guerras Mundiales, esterilizadas
mentalmente por el desastre y el testimonio del horror. Volvieron a escribirse
informes, cuentos, investigaciones y entrevistas en donde se filtraba siempre
la vieja frase "no voy a traer al mundo a un hijo para que sufra". Se
hicieron canciones, chistes y la gente en las calles comentaba lo mismo.
"¿Escuchaste que la hermana de Milo tuvo un hijo? Dicen que se escapó para
Borán y lo está criando en lo de la tía"; "Qué inconciencia, pobre
criaturita... Cuánto egoísmo. Traer un hijo al mundo para que sufra y encima
cagarse en todos nosotros por un capricho". El Cuerpo Ejecutivo se
constituía en facciones. La facción Azul administraba las oficinas en donde se
recibían las denuncias: atendían teléfonos, realizaban encuestan y recopilaban
los datos para su análisis. La facción Verde se encargaba de la investigación
una vez recibida la denuncia o por iniciativa personal. Cada quince días
hábiles patrullaban la ciudad divididos en grupos de no más de siete personas.
Recorrían las calles, visitaban las residencias, hacían preguntas o revisaban
el registro indentitario de los que consideraban más sospechosos de ser o
esconder. La facción Roja se encargaba de detener, procesar y desaparecer al
demandado, una vez, claro, que la investigación arrojaba la certeza del caso.
Los métodos de exterminio se utilizaban según la edad: los recién nacidos eran
puestos de a veinte en "la prensa" (nombre popular de la cámara de
sentencia para menores de un año) en donde un potente martillo neumático
accionaba una plancha de titanio de siete metros de ancho por cinco de largo,
con un espesor de un metro y 112 kilos de peso. Los fluidos resultantes de la ejecución
se utilizaban como fertilizante y abono para las cosechas. A partir del año y
hasta los tres, la ejecución se efectuaba en grupos de a diez y el mecanismo
era una pequeña cámara de gas con el espacio suficiente para que los cuerpos y
el gas interactuaran de la manera deseada. Los cuerpos eran depositados en una
fosa común nombrada "Tobías Res" en homenaje al primer oficial del
cuerpo Rojo que tuvo a su cargo 198.343 ejecuciones hasta su retiro con
honores. A partir de los tres años de
edad no había legislación estipulada con respecto al método en sí propio pues
se suponía que ninguna investigación tardaría tanto en dar con los infractores.
Ciertamente así fueron los primeros años, pero con la reacomodación de la fecha
de la ley, los "hijos ilegales" (otra frase que se escuchaba mucho en
la calle) llegaban a la edad de dieciocho y los métodos anteriores (por falta
de eficacia o medidas de seguridad: no estaban preparadas para una resistencia
física real) no podían utilizarse. En realidad dicha falta no constituyó un
gran problema pues de lo único que se trató fue de ser creativos e innovar. En
un primer momento se apeló a la viaje práctica de los fusilamientos conjuntos,
pero sólo como algo transitorio frente a la urgencia. Dicho método no dejaba de
recordar la brutalidad de épocas pasadas y la falta de ascetismo
político-científico de aquella sociedad. Se empezó a experimentar con
sustancias químicas, maquinarias sofisticadas y construidas con algún concepto
estético. Varios artista participaron en la confección de dichos aparatos, y
réplicas exactas se exponían en los museos más importantes de la urbe. “Prometeo
acostado” y “La furia copernicana” fueron vendidas a precios exorbitantes a los
magnates de la ciudad que exhibieron sus adquisiciones en los jardines de sus
moradas. Se supo más adelante que algunos grupos practicaban sus propias
experiencias de ejecución y el vacío de la legislación se convirtió en una
invitación a la creatividad. En las zonas de la periferia, las ejecuciones
comenzaron a hacerse públicas. Cada vez más vecinos y vecinas se acercaban a la
plaza pública a presenciar el evento. Poco a poco lo impactante de la escena se
fue ladeando hacia el espectáculo y no tardaron mucho en aparecer carteles y
panfletos promocionando las matanzas. A pesar de no conformarse legalmente como
facción "los hijos legales" era un grupo de ciudadanos autoconvocados
que funcionaban como una extensión de las tres facciones y de la ley toda.
Ellos recibían las denuncias de los vecinos, hacían las investigaciones
correspondientes y, en algunos casos, ejecutaban la ley con sus propias manos.
No era extraño ver a tres personas de blanco moliendo a golpes a un sujeto
sospechosamente joven.
A pesar de todos estos grandes
esfuerzos, aquella sociedad no pudo resolver la crisis demográfica: los hijos
ilegales siguieron naciendo casi con la misma frecuencia que antes. Muchos
huían e intentaban emigrar a otras naciones. Otros se escondieron en las
montañas, formaron pequeñas comunidades autosuficientes y se organizaron para
sobrevivir. Hubo revueltas y levantamientos armados, por supuesto. Todos
sofocados por el gigante aparato represivo del estado que ahora estaba
entrenado para matar como nunca antes. Pero la población se multiplicaba e
incluso algunos grupos manifestantes tomaron como arma la natalidad y tuvieron
decenas de hijos a modo de protesta, pero también como una herramienta para
cambiar la realidad o, al menos, destruirla. Lo único que se logró fueron
enormes matanzas que trajeron consigo otra crisis: la de los cadáveres. De las
fosas comunes brotaron nuevas enfermedades: la muerte contagiándose. Y en esta
nueva sociedad, al problema de los muchos vivos, se le sumaba el de los muchos
muertos. Fue así como se decidió tomar posesión de los acantilados pertenecientes
a las colonias Manzares pues bajo la superficie rocosa crecía a borbotones la
sustancia necesaria para elaborar el ácido utilizado desde finales de siglo
para la ejecución indistinta de todos los "hijos ilegales". Con las sediciones
internas y la falta de recursos, la guerra no pudo afrontarse y la derrota fue
total. Los que no llegaron a huir antes de la toma de la capital, fueron
torturados, asesinados, descuartizados y arrojados al que desde entonces se
conoce como el mar rojo. El epitafio del último capítulo del libro de Calina
cita un fragmento de Miles de ojos, de Sexto Aredal: "Finalmente,
la sociedad de las Altas montañas del Sur había encontrado la cura".
VIII
"Contame una historia para dormir".
Era una especie de código entre nosotros. Ailen sabía que mis historias no
servían para dormir pero creo que sinceramente las disfrutaba y yo gustoso de
hacerlo. De hecho así había comenzado: cuando el tiempo juntos nos inundó de
confianza mutua me dejé llevar sin prejuicios y apareció esa faceta parlanchina
mía que se encontró con una gran oyente. No tardé mucho en contarle mis
historias. Generalmente se daba después de encamarnos, en esos instantes
entrañables donde los cuerpos quedan tan desnudos por fuera como por dentro.
Uno encima del otro, fumando un cigarrillo a medias se me venía a la memoria
alguna leyenda antigua o el final de algún cuento leído en la infancia. A veces
sólo se trataba de algo interesante que había visto en la calle o de una frase
oída al pasar. Casi a oscuras e incluso con los ojos cerrados, no llegábamos a
vernos. Generalmente enfocaba alguna mancha de humedad del techo o recorría las
paredes con precisión. La única certeza de la presencia del otro era el
contacto piel con piel que se continuaba en el reconocimiento del cuerpo que se
acariciaba y transitaba como desandando las curvas.
"¿Sobre qué querés escuchar?"
-habíamos afinado el sistema hasta el punto de poder ordenar las historias por
clasificaciones genéricas o temáticas. Ailen me decía sobre qué y yo empezaba.
"Alguna de esas que pasan en
un pueblito" -cada tanto, sin querer repetía el mismo cuento. Ailen se
daba cuenta pero no le daba importancia. Lo que la relajaba era mi voz
encomendada a tal tarea, la entonación y el ritmo, el sonido de las palabras y
la elección de las mismas. Nunca se preocupaba en comprobar la veracidad de lo
contado y yo jamás aclaré nada al respecto. Mis intereses eran parecidos a los
suyos: la necesitaba ahí, en silencio, al oscuro y escuchando para que mi
parloteo tuviera sentido.
"De las Anchas Llanuras del Este
surgió la clave de la nueva era. En un pueblito dedicado a la ganadería se
habían asentado los primeros "portadores de la paz", un organismo
internacional dedicado al desarrollo de la investigación sobre la emergencia
demográfica. Con bases científicas bañadas por una firme estructura moral, tres
de sus miembros vivieron ocho meses en este pueblo sorprendidos por el fenómeno
que allí se presentaba: trescientas personas integraban dicha comunidad y el
espacio sobraba para tan poca gente. La mayoría de las parejas evitaban tener
hijos y los que sí los tenían solían criarlos hasta los trece años para que
tuvieran la posibilidad de sobrevivir en un medio hostil. Cuando la información
llegó a los centros urbanos mundiales la curiosidad explotó y junto con ella la
imperiosa urgencia por conocer, entender y aplicar de manera global aquella
fórmula.
Ni bien Majo se fue haciendo
conocida entre los vecinos cambió la vieja mirada desconfiada por una curiosa.
Habló con casi todos pero nadie podía explicar el control natural de la
natalidad. Una noche, hablando con Vifrec en el jardín de adelante, en medio de
una oscurísima noche, me contó acerca de sus dioses. Me dijo que no tenían
ninguno, que no entendía a qué me refería con eso. Majo intentó explicarle qué
era un dios, pero se dio cuenta a medida que hablaba de que parecía una
esquizofrénica diciendo esas cosas. No podía responder las preguntas de Vifrec
sobre el por qué, para qué y de dónde que formulaba insistentemente. Finalmente
él mismo le señaló lo que ella había
estado buscando todo ese tiempo. "En este pueblo está prohibido
morir. Aquellos que se enferman de gravedad o las personas que sufren algún
accidente incurable son enviadas fuera de la región para evitar que mueran en
tierra propia". Sin dioses que dictaminen qué hacer con la muerte, este
pequeño pueblo la había tomado en sus manos y había decidido evitar su
propagación. Ninguno de los pobladores podía entender o aceptar que la vida
tuviera un fin rotundo e insorteable. La idea de una humanidad que conoce su
destino final y lo acepta sin más parece más irreal que los antiguas bestias bíblicas
de dos cabezas o ciento trece manos derechas. Empapados de la más serena
ignorancia, los pobladores no dudaron jamás de su inmortalidad y entendieron la
muerte como una plaga que se difundía entre los hombres y mujeres de la zona.
"La blanca" era llamada por la palidez propia de los cadáveres. Se
decidió hace mucho en ese pueblo que la muerte sería tratada como un accidente
y se haría todo lo posible por evitarla, ocultando y alejando su expresión en
los cuerpos ajenos.
Gracias a esta investigación se
desarrolló en Eurasia a principios del siglo pasado la "luz
interior". El producto consistía en un tratamiento farmacológico que daba
como resultado la vida eterna, es decir, la abolición de la muerte como fin de
la historia de los hombres. No mucho tiempo después el tratamiento se
simplificó en doce vacunas aplicadas una vez por año sin distinción de edad.
Los resultados no fueron inmediatos, pero ya en la segunda generación de
hombres inmortales la tasa de natalidad disminuyó significativamente. Gracias a
la tercera generación de hijos inmortales el equilibrio demográfico parecía
solucionado. De qué se trataba esto: así como en el pueblo del Este, el nivel
de procreación empezó una curva descendente que no paró más. Ya nadie pretendía
inmortalizarse a través de los hijos. La trascendencia no estaba en ellos sino
en la vida misma que era todo lo que iban a experimentar.
Una vez que se olvidaron de tener
hijos sólo era cuestión de que la guerra y las enfermedades se ocuparan del
resto. Cientos de años después, el último hombre-astuto-inmortal-mentalmente-estable
cayó rodando por el suelo hasta que se perdió para siempre en su delirium
tremens (destino final del nuevo hombre-astuto-débil-inmortal). La tierra ya sin
hombres amaneció un día más, llenó de colores el bosque y pintó de amarillo los
ríos y las praderas. Nada se movía más que todo el universo, y el suelo atestado de hombres inconscientes,
babeados y fuera de sí, con el correr de los muchos años por venir se irían
degradando y no muy pronto se harían sustancia y mineral.
Cae el sol por sobre las colinas
nevadas. "Todo está en orden", parecen decir las gaviotas cayendo en
picada hacia el mar y luego colgando con elegancia del aire. Se las ve
relajadas por primera vez después de mucho tiempo. Quizás alguna que otra
blanca avesucha sienta nostalgia y lagrimee pensando en sus antepasados,
aquellos que nunca llegaron a ver el mundo nuevo sin hombres-astutos-mortales. “Qué-va-ser”,
emprenden el vuelo y la vida sigue como siempre lo hizo.
IX
Se detuvo antes de llegar al
final. La respiración profunda y parejita de Ailen le avisó que se había
quedado dormida. Le siguió acariciando un rato más la espalda y luego se
levantó de la cama tan sigiloso como pudo. De cara al fuerte viento que corría
en el balcón encendió un cigarrillo simulando una caverna con las manos que
protegían el fuego del encendedor. Siete pisos abajo algunos pocos autos iban y
venían. Podía ser siempre el mismo dando vueltas por doquier que hubiese sido
lo mismo: no tenía ningún significado. Era primavera y el sol comenzaba a salir
cada vez más temprano. Entre los edificios se podía adivinar la claridad del
horizonte y la llegada del nuevo día. "Amanece una vez más", pensó
mientras soltaba la última bocanada de humo. Con la piel congelada se metió
entre las sábanas buscando el cuerpo caliente que ahí lo aguardaba. Se enroscó
lo más que pudo alrededor de Ailen y apretando con fuerza, cuerpo con cuerpo,
finalmente se quedó dormido.
Placas subterráneas que se movilizan, volcanes que hacen erupción. Glaciares se derriten o todo se hace hielo. Cae fuego del cielo, las estrellas se consumen…algunos millones de años después explota Chernobyl. La destrucción está instaurada, desde un primer momento, en el codex humano como en todo lo que vive. La ambición es el consumo absoluto, comerse el mundo. Esa es la verdadera armonía, pienso yo. Nada puede durar para siempre, ni siquiera el mundo, este, cualquiera. Inclusive con o sin lo humano como tangente variable. Me animo entonces, cosa que nunca hago, a la verdad. La verdad es que todo lo que es eventualmente deja de serlo. El traspaso de un punto a otro está mediado, condicionado y dirigido por la destrucción. Es la super-vivencia, la vida al extremo, y el extremo de la vida es la muerte, nunca otra cosa.
ResponderEliminarPor otro lado, es un placer volver a leerte, estimado Hache.